martes, 13 de junio de 2017

Los niños no saben que las cosas cambian

"Habían empezado a construir en aquellos terrenos antes del comienzo de la guerra, pero las obras se interrumpieron en cuanto se oyó mugir las primeras sirenas.

Los terrenos se ubicaban en un extremo del condado de Essex, en la gran periferia de Londres, y lindaban con el bosque de Epping.

Todavía quedaban en las cercanías verdísimos prados, divididos por hileras de árboles de variadas especies, que nunca se cortaban y apenas se podaban: fornidas encinas bicentenarias, cortinas de olmos que crecían antes de que se oyera hablar de su hongo parásito y, en primavera, espinos blancos como la leche y manzanos silvestres de flores rosadas.

En los campos de los que ya no se recogía el heno crecían hierbas amarillas, verónicas azules, borbonesas y orquídeas. La mariposa vanesa, atalanta y pavo real había desertado de las flores campestres y se dirigía hacia los arbustos que poblaban los jardines privados en los barrios de Hill y Shelley Grove.

Los niños creían que aquellos campos estarían allí siempre, que permanecerían siempre igual, porque los niños no saben que las cosas cambian."

Ruth Rendell:
The girl next door, 2014
La traducción y la adaptación son mías


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